domingo, 12 de junio de 2011

Las vacaciones 2 - Mi abuelo

El fin de semana antes de salir, me llamó mi papá y me contó que mi abuelo materno, estaba mal. Que ya tenía varios días internado en el hospital y que ahora si pensaban que no la iba a librar.

Mi abuelo, es una de esas personas que fumaron desde muy temprana edad, supongo que en aquéllos tiempos era la norma que los hombres debían de fumar apenas alcanzaban la edad adulta. Bien, pues mi abuelo fumó puntual y religiosamente todos los días durante los últimos sesenta y tantos años. Jamás recuerdo yo que hubiera tenido algún problema relacionado con eso, hasta el año 2006, cuando le detectaron que tenía cáncer en los pulmones. 

A pesar de tener todos los pronósticos en contra, mi abuelo se alivianó. Yo recuerdo haber hecho el viaje de mi pueblo a Culiacán con la idea de que ahora si no se iba a escapar del destino, pero fue una muy bonita sorpresa ver que el viejito estaba sorprendentemente bien. Yo no lo vi en los meses anteriores, pero todos decían que estaba muy mal, y pues no se si habrá sido que vinieron todos sus hijos y la mayor parte de sus nietos a verlo lo que hizo que agarrara nuevos ánimos y se compusiera. Me fui de Culiacán mas animado, con la impresión de que todavía tendríamos abuelo para varios años mas.

Y aunque efectivamente mi abuelo se alivió del cáncer, los pulmones le quedaron resentidos, y pues esta última vez que se nos puso malo, le había dado neumonía, de ahí que ya todos estuvieran con pocas esperanzas.

Yo llegué a mi pueblo el miércoles por la tarde, y ya me contaba mi mamá que se acababan de traer a mi abuelo al hospital de ahí (estaba internado en otro lado, pero lo trasladaron), y que se estaban turnando entre mis tíos y ella para cuidarlo. A ella le tocaba entrar de 2 de la mañana a 8 de la mañana, que era la hora en que llegaba mi otra tía. Yo creo que ya se sospechaban algo, porque ya no se querían ir solos a cuidar a mi abuelo. Mi tío siempre se iba con su esposa o con alguno de sus hijos, mi tía se iba con su esposo y mi mamá se había estado quedando junto con mi papá, pero pues mi papá por el trabajo y demás no se podía ir a cuidarlo todos los días, y pues yo le ofrecí a mi mamá acompañarla al hospital esa noche.

Cuando llegué a la clínica del IMSS, pues ve uno a tanta gente con tantas dolencias que es imposible no conmoverse, y mas de ver que a veces los hospitales no están en las mejores condiciones, digo, yo pago puntualmente el seguro social (bueno, me lo descuentan puntualmente vía nómina), y yo creo que en 7 años que llevo cotizando, lo he utilizado a lo mucho un par de veces y para cosas simples, y creo que así como yo, ha de haber otros tantos millones de personas que lo pagan y no lo utilizan, así que según mi sentido común, la atención en el hospital debería ser excelente y el dinero debería fluir para que las instalaciones estén en óptimas condiciones. Pero bueno, es México, es el IMSS y eso merece otro post aparte.

Yo vi a mi abuelo muy mal, pero mal mal mal, muy delgado, respirando con mucha dificultad, lo tenían con oxígeno y no estaba consciente. Cada cierto tiempo venía una enfermera y con una sonda le aspiraba la garganta, por aquello de las flemas y demás y ya mas o menos se componía su respiración, pero pues si se le notaba que se convulsionaba y demás. Fue difícil para mi verlo en esas condiciones, pero pues lo importante ya mas que nada era acompañarlo. 

Mi mamá y yo nos pasamos la noche ahí cuidándolo, no podíamos hacer mucho, solo estar al pendiente de que le pusieran el medicamento a la hora y pues que estuviera cómodo dentro de lo posible.

Pos ahí de las 8 de la mañana llegaron mi tía y su esposo, que lo iban a cuidar hasta mas o menos las 5 de la tarde, pero igual, se les veía tristes y cansados. Mi mamá y yo nos regresamos a casa, desayunamos y nos fuimos a descansar. Yo creo que por allá cerca de las 11 de la mañana apenas me quedé dormido, y me desperté otra vez como a las 12:30, pero pues igual, con la sensación rara de que algo no iba bien.

Por ahí de las 3 de la tarde nos llamó el esposo de mi tía, que nos fuéramos al hospital, porque ya mi abuelo estaba en estado crítico, que estaban ahí los doctores y que ya les habían dicho que no había nada mas que hacer. Nos levantamos de la mesa y cada quien por sus cosas, como a los 10 minutos ya estábamos saliendo y nos volvió a llamar el esposo de mi tía y nos dijo que mi abuelo ya se había ido, pero pues que fuéramos al hospital de todos modos, porque mi tía estaba llore y llore y estaban ellos dos solos ahí.

La verdad es que se siente tan feo llorar cuando se va alguien, es un sentimiento que no alcanza uno a entender, de porqué, o porqué así en esas circunstancias. Con todo, me sorprendió la calma que guardó mi mamá. Llegamos y pues estaba afuera mi tía, llore y llore, y pues mi mamá como pudo trataba de consolarla, diciéndole que era lo mejor porque su papá ya solo estaba sufriendo y que por lo menos ya estaba descansando. Yo no pude hacer mas que abrazarla y llorar junto con ella.

Como a la media hora llegaron otro mi tío y su esposa, pero pues ya no había nada que hacer. Mi tío no quiso quedarse ahí, luego luego bajó a la oficina de la trabajadora social para arreglar lo de la funeraria y el traslado. Mi abuelo había vivido los últimos 50 años en su ejido allí en el municipio de Angostura y su último deseo había sido que quería morirse en su casa en paz, pero pues uno no decide como pasan esas cosas, y bueno, lo mas que íbamos a poder hacer era llevarlo a su casa por última vez.

Otra cosa que me sorprendió fue ver llorar a la esposa de mi tío con tanto sentimiento. Yo debo de confesar que no tenía en muy buen concepto a esta tía, pues siempre la veía muy fría, muy distante y como que su misma religión la hacía tener esa personalidad no tan simpática. Pero ya cuando mi mamá me platicó que esta tía se había portado como nadie a la hora de estar ahí cuidando a mi abuelo, que jamás de los jamases puso un pretexto para no ir, que jamás hizo una mala cara cuando les tocaba asear a mi abuelo, que siempre estuvo al pendiente de cualquier cosa que se necesitara. Se había portado como una hija. Me cuenta mi otra tía que los de esa religión por lo general no lloran, que siempre tratan de mantenerse con la cabeza fría y sacar aplomo de donde puedan. Pero yo la vi ahí, llorando a mi abuelo, como cualquiera de nosotros. Me conmovió.

De ahí del hospital mi tío se fue a arreglar el papeleo, mi tía se fue a su casa a prepararse porque en la noche nos íbamos todos al pueblo de mi abuelo y mis papás y yo nos fuimos al centro a comprarle a mi abuelo lo que sería su último cambio de ropa, pues como salieron a la carrera de allá de su casa, no teníamos nada aquí.

Llegamos a una tienda donde vendían de todo, pero mi mamá eligió algo que a mi abuelo le hubiera gustado, algo muy campirano pero bonito. 

De ahí yo me fui a la funeraria a dejar la ropa y pues también, a alistarme porque en la noche nos íbamos hasta Angostura al ejido donde vive la familia de mi mamá...

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